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30 abril, 2007

Las "Historias verdaderas" de Gombrowicz II

¿Y Ferdydurke? ¿Y su homosexualidad?

(Fragmento de las Cartas del Estero)

Por Juan Carlos Gómez

¿Y Ferdydurke?, ¿y su homosexualidad? Asuntos de vital importancia para Gombrowicz, mucho más que la Argentina. En primer lugar debemos recordar que cuando Gombrowicz llegó a la Argentina, se encontraba en un estado de confusión lamentable y todavía no había digerido bien ese Ferdydurke, no sabía si quería ser joven o maduro. Estaba tan trastornado que se enamoró de su propia catástrofe personal como si fuera una ocasión para unirse a la inferioridad en las tinieblas, una liberación. "El tiempo pasaba. Me aproximaba a la treintena, y mi situación en el continente europeo se hacía cada día más penosa". Pero ¿por qué tanta sofocación, por qué esos vapores de la juventud lo mareaban tan intensamente? Yo creo que por la culpa y la vergüenza.
¿Cuánto tiempo más podía seguir en Polonia ocultándoles a su familia y a sus amigos que era homosexual, si ya su misma obra no lo sabía ocultar? La cuestión es que el joven Gombrowicz sintió su homosexualidad como un pecado, un escarnio del que los otros se podían burlar, una debilidad que todavía no había aprendido a convertir en fuerza, una situación penosa. ¿Unirse a la inferioridad en las tinieblas acaso no quería decir unirse a su homosexualidad en una Argentina en la que no lo miraba nadie? Desde que pisó la Argentina hasta que se murió, Gombrowicz estuvo buscándole un derecho de ciudadanía a su homosexualidad, sin mucho éxito. "Ernesto, lo más importante que yo podía hacer, y que ya no haré jamás, sería la narración de mi experiencia poética durante mis primeros años de Buenos Aires", le cuenta a Sábato en Vence, el 26 de noviembre de 1967.
Si bien la juventud se le había aparecido como un refugio para protegerse de la cultura, buscaba en este estadio de la vida algo más radical. Escribe: "Podría decir que buscaba al mismo tiempo la juventud propia y la ajena. La ajena, porque aquella juventud en uniforme de marinero o de soldado, la juventud de aquellos corrientísimos muchachos de Retiro, era inaccesible para mí; la identidad del sexo y la falta de atracción sexual excluían cualquier posibilidad de unión y posesión".
¿Detrás de qué andaba Gombrowicz? ¿Qué era eso de la falta de atracción sexual?, ¿por qué mentía? Gombrowicz nos dice que estaba repitiendo la historia de Polilla, que trataba de fraternizar con el peón. La fraternización con el peón tenía un carácter erótico más que poético, y su relación con los muchachos de Retiro era erótica y sexual; pagaba por esas relaciones y a veces era maltratado, como el Gonzalo de Transatlántico. Una relación erótica, amorosa más que erótica, no sexual, la tuvo con Flor de Quilombo: una relación en la que, según él mismo lo manifestó, tuvo que controlar su instinto. Gombrowicz sabía perfectamente bien que las explicaciones que daba para disfrazar su homosexualidad no convencían a nadie, pero seguía buscando caminos para ennoblecerla y convertir esa debilidad en fuerza.
Fue con Mastronardi, también homosexual, con quien mantuvo los diálogos más escabrosos sobre la sodomía, cada uno disfrazándose como podía en este juego prohibido. El factor atenuante en este diálogo era el infantilismo. A mi juicio Gombrowicz se manejaba mejor con la forma infantil que con la inmadura, porque la infancia, con las pulsiones sexuales en estado de nacimiento, es menos drástica que la juventud. Se volvía infantil frente al demonio de la inmadurez, es decir, el de su homosexualidad, al que no sabía dominar. Si había un terreno confuso era éste, y era en estos casos que el gran mago sacaba de la galera el principio de contradicción, la doble naturaleza, él es lo que no es y no es lo que es, embarraba la cancha, como dicen los futbolistas: "Pero ¿hasta qué punto yo sólo quería ser infantil y hasta qué punto era realmente infantil? ¿Hasta qué punto quería ser joven y hasta qué punto encarnaba de verdad una especie de juventud tardía? ¿Hasta qué punto todo esto era mío y hasta qué punto sólo era algo de lo que estaba enamorado?"
En La Falda, una localidad de la provincia de Córdoba, en el año 1944, a los cuarenta años, sintió que su permanencia ilícita en la juventud llegaba a su fin: unas arrugas furtivas empezaban a delatarlo, se sintió contaminado, repulsivo, adulto, comenzó a tratarse de una manera cruel. Y otra vez un birlibirloque para abrirle la puerta a su homosexualidad: "La mujer no podía salvarme, la mujer podía salvarme en tanto que hombre, pero yo era también simplemente un ser vivo, sin más". Ferdydurke era para Gombrowicz la imagen de alguien que, enamorado de su inmadurez, lucha por su propia madurez. Su naturaleza encadenada a la inferioridad se revolvía contra la forma, contra esa literatura que estaba irrumpiendo otra vez en su vida y que de a poco terminaría por domesticarlo.
¿Su relación con la juventud era un acontecimiento trivial? Y si no lo era, ¿cómo introducir este vínculo vergonzoso en la cultura? El Joven está al servicio del Adulto, el Adulto adora al Joven, el Adulto maltrata al Joven para no caer de rodillas ante él. Con este simple programa erótico, y con sus cuatro tesis tardías -la Juventud es Inferioridad, la Juventud es Belleza, la Belleza es Inferioridad, el hombre está suspendido entre Dios y la Juventud-, Gombrowicz intenta dar un paso más en el camino hacia la madurez, pero el hombre no puede ser más fuerte de lo que es, y la piedra, como a Sísifo, se le siguió viniendo encima. "Para evitarlo tenía que encontrar una posición diferente, fuera del hombre y la mujer, una posición extrasexual desde la cual pudiera ventilar esas regiones sofocantes y contaminadas por el sexo. No ser hombre por encima de todo, ser un ser humano que sólo en segundo lugar es hombre; no identificarse con la virilidad, no quererla... Sólo cuando con decisión y abiertamente me liberara de la virilidad, su juicio sobre mí perdería virulencia y podría entonces decir muchas cosas que de otra manera no se pueden decir."... ¡Chapeau!
Pero ese canto a la homosexualidad no lo escribió nunca, no lo podía escribir; la edad que en verdad tenía y su idea de la belleza se lo impidieron. Gombrowicz era terriblemente impiadoso con la fealdad del cuerpo, con la del suyo y con la de los demás también. Cuando algún joven despistado se le presentaba como admirador de Neruda y de sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Gombrowicz se retorcía en la silla, no podía soportar la presencia del cuerpo viejo y corrompido de Neruda al lado de ese canto al amor. En la carta sobre la homosexualidad que me mandó desde Berlín el 21 de julio de 1963, me dice: "Todavía quiero hacerle observar desde el punto de vista estético que la belleza del amor depende ÚNICAMENTE de las personas que lo hacen. Imagínese al maestro Frydman encamado con Frau Schultze y observe si esto no es INMUNDICIA, aunque fuera santificado aún por el Santo Matrimonio. Ud. Goma no sabe nada de nada". Y en Piriápolis jamás se puso un traje de baño para ir a la playa, porque no quería exhibir a la luz del día la corrupción de las várices de sus piernas.
Así que, por lo menos después del episodio de La Falda, Gombrowicz quedó forfait: episodios homosexuales entre jóvenes, no más de veinticinco, y si no son feos, bueno, se les puede cantar, pero entre un maduro y un joven, ¡jamás!, sólo saldría un graznido. Todo esto, claro está, siguiendo la dura lógica gombrowicziana. Tal como nosotros perdemos el tiempo hablando de nuestra historia, Gombrowicz perdió mucho tiempo ocupándose de su homosexualidad. Ahora bien, la utilizó de una manera magistral en toda su obra, menos en el Diario.
"Iba tranquilo... Porque hacía ya bastante tiempo que había abandonado aquellos paseos por Retiro y Leandro Alem, y ahora, en Santiago, de nuevo volvía inesperadamente a esa situación, la más profunda, la más esencial y la más dolorosa de todas las mías: yo siguiendo a un chico de pueblo." Interrogué esta frase de Gombrowicz, busqué en su obra la aparición de ese archidolor nacido de su archivergüenza, pero no encontré este dolor. Lo encontré en un perro y en una pequeña mujer. Las agonías de Step, el perro de Dus, y de la hijita pequeña de Simón son para mí las más altas cumbres que ha alcanzado Gombrowicz en su aproximación literaria al dolor.
El lirismo erótico de Gombrowicz es un terreno escabroso, difícil de manejar. Es un campo fértil para el psicologismo, pero el psicologismo tiene una pequeña dificultad: si bien es cierto que ordena los objetos psíquicos y los subsume en el marco de una teoría, perturba lo que observa, y funciona como el principio de indeterminación de Heisenberg. Puesto en este trance, me parece mejor presentar a Gombrowicz en crudo. La repugnancia que sentía Gombrowicz por la fealdad corporal es un rasgo suyo que me resulta incomprensible, a menos que se lo analice exclusivamente bajo la óptica de su homosexualidad y se lo entienda como una consecuencia. En la vida corriente Gombrowicz tenía una actitud benevolente con las miserias humanas, especialmente con aquellas por las que una persona sufre, pero aquí, ¡mi Dios!, no queda títere con cabeza.
La enjuta, mísera, nerviosa, contrahecha, legañosa fealdad de Cortés en Tandil; la gordinflona, repugnante, lúbrica, mugrienta, vulgar, grasosa, rancia fealdad de Balzac; la monstruosidad de Sócrates; y el bruto, arrepollado, nalgón, mofletudo, dedón, tripudo, corpachón, sanguíneo y revolcado; los bañistas desvestidos pero no desnudos con su asquerosidad corporal. Hay más ejemplos, pero detengámonos aquí. No queda claro, ni ahora ni después, si es el asco que le produce la fealdad o el amor por la belleza lo que divide las aguas, pero las aguas quedan divididas, ¡y de qué manera!
"¡Oh! ¡Estoy mortalmente enamorado de la carne! La carne es para mí casi decisiva. Ningún espíritu podrá resarcir a nadie de la fealdad corporal, y el hombre no atractivo físicamente siempre pertenecerá para mí a la raza de los monstruos (...) ¡Ah, cómo necesito esta consagración a través del cuerpo! La humanidad se divide para mí en dos partes: una, corpóreamente atractiva, y la otra, repugnante, y la frontera entre ellas es tan clara que no dejo de asombrarme (...) y me vanaglorio más de ser sensual que de ser un entendido en los asuntos del Espíritu; y mi pasión, mis pecados, mi lado tenebroso son para mí más preciosos que mis luces (...) ¡Porque ser artista significa estar mortal, incurable, apasionadamente enamorado, pero también salvaje e ilegítimamente...!" Estos son pasajes violentos donde su erotismo y su sexualidad están en estado de ebullición, no admiten ninguna réplica, así que, vamos a mantener nuestra actitud inicial, vamos a dejar que Gombrowicz se controle a sí mismo, abriéndoles paso a sus accesos de vergüenza y a su sentido moral. "Mis fuentes brotan en un jardín en cuya puerta hay un ángel con una espada flamígera. No puedo entrar allí. Nunca penetraré en su interior. Estoy condenado a dar vueltas eternamente alrededor del lugar donde se celebra mi más verdadero embelesamiento. No me está permitido, porque... de esas fuentes brota la vergüenza como de un surtidor. Sin embargo, una voz interior me ordena: ¡acércate lo más posible a la fuente de tu vergüenza! Tengo que apelar a toda mi razón, mi conciencia, mi disciplina, a todos los elementos de la forma y del estilo, a toda la técnica de la que soy capaz, para conseguir aproximarme a la misteriosa puerta de ese jardín donde florece mi vergüenza. ¿Qué es, entonces, mi madurez, si no un medio auxiliar, una cuestión secundaria? ¡Siempre lo mismo! ¡Vestir un abrigo suntuoso para poder bajar a un tabernucho portuario! ¡Utilizar la sabiduría, la madurez y la virtud, para acercarse a algo totalmente opuesto!" Vamos a observar ahora cómo Gombrowicz realiza una gran maniobra con su vida para transformar su sexualidad en erotismo y atenuar su vergüenza. Esta mutación es real, se refiere a las relaciones que tuvo con Flor de Quilombo.
"Y, por otra parte, para sopesar toda la generosa magnificencia de semejante disposición de la naturaleza, hay que comprender que nadie decide sobre su propio atractivo, que esto es exclusivamente una cuestión del paladar ajeno. De modo que si yo era atractivo para él, pues lo era y basta... lo era porque poseía la técnica, un estilo, un nivel, unos horizontes, un género en los que él, con sus años, no podía ni soñar, porque había escrito obras que lo habían deslumbrado, porque con cada acento, mueca, broma, juego, lo introducía en una superioridad hasta entonces jamás vista ni oída por él. (...) yo adoraba en él la frescura y la naturalidad, y é1 en mí lo que yo había hecho de mí, lo que había llegado a ser en el camino de mi desarrollo; y, cuanto más cerca estaba yo de la muerte, tanto más é1 me adoraba (...)" Y aquí Gombrowicz, como tantas otras veces, echa mano a sus inagotables dotes de alquimista: le vende el alma al diablo para volverse joven, organiza un trueque entre la existencia del adulto y la vida del joven y encuentra el elixir de la juventud, transmuta un adulto en joven, transmuta un joven en adulto, de lo que saca la siguiente conclusión: existen dos clases distintas de existencia humana, y ambas se desean mutuamente. Reemplacé joven por Flor, y adulto por Gombrowicz, y para no ser menos que él yo también saqué mi propia conclusión: todos los trueques y mutaciones entre ellos tuvieron lugar en la región del erotismo poético, sin sexo.

5 Comments:

Anonymous Marcela A. said...

Homosexualidad y forma en Gombrowicz son el espejo corporal. El temor a la degradación física en él fue tan fuerte con en Drieu La Rochelle. Gombrowicz no hizo de su obsesión un género tragedia, su disparador fue en cambio la burla consentida, incomprendida, sus atrabiliarios aires de grandeza. Pátetico y genial, tienen sus libros ese tic burlón, irreductible.
Marcela A.

2:57 p.m.  
Blogger Alvaro G. Loayza said...

Agradecerte Gabriel por el vínculo, la cita y el mantener tan encendida y rejuvenecida la filiforme y misadulta hoguera Witoldiana, con la irrupción de textos y de personajes tan grandilucoentes como el "Goma" y "Flor de Quilombo" (dos motes más que memorables para dos personajes afines).
Saludos y un fuerte abrazo "cosmico" más que "transatlántico"!!!

1:20 a.m.  
Blogger Gabriel Báñez said...

Alvaro, abrazo desde el llano, te envío glosario en cuanto pueda.

2:29 p.m.  
Blogger Gabriel Báñez said...

Marcela, bien rumbeada, aunque en Drieu la supresión del sujeto (que ya era tácito) terminó suprimiéndolo. Gombrowicz, ami entender, era polimorfo. Un abrazo.

2:31 p.m.  
Anonymous Anónimo said...

Los cuentos de Jorge de Godos son un reflejo de la la realidad de muchos jovenes que estàn pasando por una etapa dificil, no se si es producto de la sociedad o de llos mismos.

10:44 a.m.  

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