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28 marzo, 2008

Diario de a bordo III

La mañana es límpida y ventosa y sobre el mar moderado del capitán Haavard Las Malvinas asoman imponentes. Impactan. La visión desde el océano de las islas llega cargada con la historia más reciente y uno no puede dejar de pensar en todos esos muertos, en todos. "Usted no tiene escarapela", pregunta sin signos de interrogación un pasajero con voz aporteñada. "No traje", le digo, como avergonzado por la falta. Luego pienso en lo boludo que somos; él primero, yo después por responderle. El barco hace sonar dos ronquidos cortos y se queda como al garete, casi detenido. Luego silencio absoluto. La maniobra es compleja. Para entrar a la bahia de Puerto Argentino hay que recalar lejos. Sobre babor se divisan los primeros tejados: marrón, amarillo, colorado, verde, fucsia rabioso, blanco. Los techos de las casas a la distancia son un ramillete exótico que se va extendiendo de suroeste a noreste hasta terminar en el cementerio inglés, lápidas y cruces que se despliegan a un costado de los antiguas empacadoras de pescado y aceite de ballena de las factorías de principios de siglo. Los grises de los galpones vuelven a cortarse violentamente con los tejados coloridos de las casitas del puerto. En la bahía el mar está picado. Si bien el nombre en inglés es Falkland, el Malvinas nuestro deriva del francés "Lies Malouine", nombre dado a la locación por los franceses, quienes las colonizaron en 1764, estableciendo primero una colonia penal pero abandonándola luego. "No, no traje escarapela", me digo. Pero si la hubiera llevado creo que tampoco la mostraría. No es falta de orgullo, es pudor por todos los muertos. Por todos.
Desde el barco puede divisarse Mount Logdon y los numerosos cerros que rodean a Port Stanley o Puerto Argentino. Se distingue el que creo es el cerro Las Dos Hermanas. Mount Pleasant está más atrás, en la zona del aeropuerto. A tierra hay que llegar en lanchas. Por momentos el viento es tan fuerte que demora las maniobras de amarre. El lanchón intenta tres o cuatro veces. A la quinta lo logra. En el puerto casi no hay demoras, las entregas de pasaporte fueron previas, en el barco, y el chequeo se hizo un día antes, vía satelital. Las autoridades locales exigen pasaporte. Jode. Un par de argentinos se queda en el barco sin poder descender. Uno de ellos parece compungido, el otro recrimina algo a los gritos. En la distancia es una silueta muda. En el puerto hay un espigón nuevo y a un costado el clásico "Wellcome to Falklands". No lo digiero. Estamos a 840 km. al nordeste de Cabo de Hornos y a 300 millas náuticas de la costa patagónica. Casi con seguridad que el capitán John Davis, en 1592, tuvo la misma visión que nosotros cuando las divisó por primera vez: un remanso montañoso en medio del inclemente Atlántico Sur. El nombre primero de las islas fue Davis, en honor a este marino inglés que las descubrió por casualidad luego de separarse de la expedición de Thomas Cavendish. Cavendish exploraba el estrecho de Magallanes e intentaba elaborar una carta de navegación confiable. Davies se separó de él por una tormenta feroz en Cabo de Hornos. Los vientos y las corrientes lo arrastraron hasta el archipiélago. Cuentan que a poco de desembarcar, dijo: "Land of peace". La historia se encargó de desmentirlo.
Saliendo del puerto y tomando por Philemon St., uno debe ascender tres o cuatro cuadras hasta llegar a la lomada. Desde allí se tiene una visión franca del caserío. La visión colorida y exótica se pierde. Las casas son algunas modestas, descuidadas, muchas a medio pintar o descascaradas. Casas obreras en conjunto. Pero en cada vivienda se estaciona una poderosa cuatro por cuatro inglesa, volante a la derecha, range rover la mayoría. En algunas viviendas el abandono contrasta con los vehículos. Se tiene la sensación de estar en un villorio de Inglaterra, marginal. Hay tránsito. Es domingo, pero la llegada del barco pone en marcha los modestos emprendimientos turísticos de la isla: ver pinguinos zonzos, caminar a lo zonzo también pero en circuito ecoturístico. Otras opciones: mostrar los cuadros vivos de algunas zonas de combate, Mount Logdon en particular. El cementerio Argentino está muy alejado, pero a Monte Longdon, lugar de una de las batallas más feroces, se llega caminando. Yacen cantimploras, alpargatas de pibes argentinos, jirones de ropa, platos, cascos de proyectiles. Es un santuario de la mierda de la guerra a cielo abierto. Me vuelvo.

2 Comments:

Blogger Cinzcéu said...

La crónica -timoneada con pericia marinera- se presta más para disfrutarla que para comentarla, pero comento porque es el modo de hacer saber que la leo. Y la disfruto. Abrazo.

12:05 a. m.  
Blogger Gabriel Báñez said...

cinzcéu, gracias, como siempre, y el renovado abrazo.

7:49 a. m.  

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